En Pueblo Nuevo brilla el sol como en todas partes, pero la calle se siente más pesada.

Pesados son los pasos de la anciana que arrastra sus gastadas pantuflas,
Entendemos que su pensión de 1543 pesos ni siquiera es suficiente para una botella de aceite
donde la esperanza de una comida completa se hornea.

Pesadas son las manos de la madre soltera
muere de la farmacia legal deja
y mira a su hijo con fiebre,
sin el dinero para el jarabe
que en la otra esquina cuesta cinco mil pesos
la esquina de los susurros,
el único lugar donde todavía se pueden conseguir medicinas.

Allí, en esa misma calle
donde el pollo por seis mil pesos es un lujo inalcanzable,
sentí algo que me rompió el corazón
y al mismo tiempo lo cosió de nuevo.

Los vi sonreír.

No fue una risa fácil,
pero un cansado, firme tirón en la boca.
Una sonrisa que pesa.

Pesado por las inyecciones que no existen,
las investigaciones que no llegan,
los años que pasan sin medios.

Pero sobre todo pesado de la decisión inquebrantable
para no rendirse.

Quiero en Pueblo Nuevo,
cuando el cuerpo dice: “no puedo más”,
la respuesta del alma cubana
con los dientes apretados
y una mirada al vecino que dice:

“Estamos en lo mismo, pero estamos allí.”

En dát — dát es una medicina
que el mercado negro nunca podrá vender...

Daylen Alberteris, Holguín, Cuba

La amistad cambia vidas

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