Un hilo invisible llamado amistad
Por: Marcos Antonio Almarales
Hay puentes que no figuran en los mapas. No están hechos de acero, ni de hormigón, ni de ninguna de esas cosas que los ingenieros miden en metros y toneladas. Están hechos de algo mucho más leve y, sin embargo, infinitamente más resistente: de la decisión de no mirar hacia otro lado.
Hace algunos días, sin que el destino me diera explicaciones, crucé uno de esos puentes. Y al otro lado me esperaba una certeza que desde entonces no me abandona. Llegué a la fundación Amistad con Cuba, gracias a Daylen, una joven que hace del amor su principal obra de arte. Como Gerard, el fundador de esta bella obra, ella entendió antes que muchos que la ternura también es una forma de construir.
La Fundación Amistad con Cuba la Stichting Amistad con Cuba, para ser exactos existe no porque alguien tuviera un buen eslogan, sino porque alguien llamado Gerard, en algún momento, dejó de preguntarse quién debería hacer algo y se preguntó qué podía hacer yo. Y eso, en un mundo lleno de ruido y de grandes declaraciones que se olvidan antes de que termine la semana, es ya un acto de rebeldía hermosa.
Porque Cuba no es una idea abstracta. No es un cartel en una manifestación ni un titular lejano. Cuba es una madre que camina kilómetros para conseguir leche para su hijo y ofrecerle lo mejor de sí. Es un anciano que raciona sus pastillas porque la siguiente caja no sabe cuándo llegará a nuestra tierra. Es una familia que enciende velas en una noche calurosa, no por romanticismo, sino porque falta la electricidad y por estos días tan complejos que vive nuestro país, no ha faltado tampoco la solidaridad de quienes saben amar aún desde lejos.
La Fundación Amistad con Cuba entendió algo que muchos tardan una vida entera en aprender: que la solidaridad no necesita discursos grandilocuentes. Necesita zapatos para caminar sobre la tierra mojada de la realidad. Necesita oídos para escuchar a quienes viven esa realidad cada amanecer. Y necesita manos que, en lugar de aplaudir desde lejos, se ensucien un poco ayudando.
Así nace esta fundación. Sin estridencias. Sin más bandera que la del encuentro entre seres humanos. Con una idea sencilla y profunda: la amistad esa palabra que a veces gastamos en vano, cuando es verdadera, cambia vidas. Es su lema. Y es también su radiografía.
Trabajan en tres líneas que, para quien conoce algo de nuestra amada isla, resultan tan urgentes como el pan: en salud, apoyando a profesionales cubanos que entregan lo mejor de sí . Porque un médico sin medicinas sigue siendo un médico, pero no puede hacer milagros cada día.
En educación, porque la ignorancia no es un castigo ni un destino; es una batalla que se gana con libros, con lápices y con la convicción de que un niño que aprende es un adulto que elige.
Y en ayuda humanitaria directa, llevando alimentos, medicinas, productos de higiene, todo aquello que muchos damos por descontado y que allí se convierte en un tesoro.
Lo hacen con transparencia, sin filtros, con la honestidad de quien sabe que cada donación es sagrada porque detrás hay alguien que eligió confiar.
Hay una frase que me acompañó durante estos días después de conocer su labor. La escribió alguien que supo decir mucho con pocas palabras:
“No a un mapa. No a un país. Sino a las personas.”
Porque esta fundación no ayuda a una causa abstracta. Ayuda a seres humanos. Y esa distinción, en estos tiempos de furia y de bandos, resulta revolucionaria en el sentido más limpio de la palabra.
Quienes forman parte de este proyecto saben que la verdadera ayuda no necesita focos ni aplausos. Necesita constancia. Necesita gente que se levante cada mañana recordando que, a miles de kilómetros, hay otra persona que depende de que ese hilo invisible no se rompa.
Por eso escribo esto. No para adornar un voluntariado ajeno ni para posar con una causa. Lo escribo porque me parece injusto que existan tantas manos tendidas en silencio y tan poca gente dispuesta a contarlo.
Lo escribo también para quien me lee y ha pensado alguna vez que la distancia justifica la indiferencia. La distancia no justifica nada. La distancia es solo un obstáculo que el corazón, cuando quiere, aprende a saltar.
Si este texto ha logrado que por un instante sientas más cerca aquello que antes veías lejano, quizá sea un buen momento para acercarte a ellos. Para escribir un correo, para preguntar cómo ayudar, para compartir este puñado de palabras con alguien más.
No hace falta cambiar el mundo. Hace falta cambiar el mundo de alguien. Y eso, a veces, cabe en un gesto tan pequeño como no apartar la mirada.
Porque sí. La amistad, cuando es de verdad, cambia vidas.
Y quien dice vidas, dice la tuya también.

Marcos Antonio Almarales, Holguín, Cuba
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