Un gesto que cambia vidas: 40 comidas gratuitas en Pueblo Nuevo, Holguín

Por Daylen Alberteris

Holguín, Cuba – Bajo un cielo que amenazaba con traer lluvia, pero que finalmente se abrió para darnos bendiciones, un grupo de voluntarios de la Fundación Amistad con Cuba de los Países Bajos demostró que la solidaridad no conoce fronteras; ni fronteras de países, ni de electricidad, ni de falta de mesas. En una iglesia aún en construcción, cerca de la Calle Real de Pueblo Nuevo, sucedió algo que pocos hubieran esperado: una comida gratuita para 40 personas vulnerables se convirtió en un acto de pura humanidad.

Sin electricidad, sin conexión a internet, pero con carbón encendido y un corazón lleno de dedicación, los voluntarios —entre ellos Marcos, Daylen, Yorlandis y el pastor local— hicieron lo que otros podrían considerar imposible. Daylen trajo la única mesa disponible. El resto estaba compuesto por cajas de madera cubiertas con manteles y asientos creados gracias a la creatividad colectiva y la buena voluntad.

“Realmente no teníamos nada, pero con cajas y telas creamos docenas de asientos en la mesa. Mesas de humanidad”, relata uno de los organizadores.

El menú era sencillo, pero delicioso: arroz con frijoles, preparado por un cocinero de origen jamaiquino, cuya arte culinaria era alabada por todos. Y precisamente en eso reside algo especial: también este cocinero, al igual que varios ayudantes de la iglesia, pertenecía él mismo a las personas que a diario viven con escasez y dificultades. Personas con una historia. Personas que tal vez conocen el hambre, pero aun así están dispuestas a servir a otros.

Pero lo que realmente hizo especial esta comida no fue solo la comida. Fue la intención detrás de ella.

El espacio se adornó con hojas de palmera y globos, para que cada invitado se sintiera bienvenido y valorado. No se trataba solo de llenar estómagos que quizás apenas habían comido el día anterior. Se trataba de crear sonrisas, recuerdos y conversaciones. No solo compartir una comida, sino también un trozo de humanidad.

Las historias salieron solas.

Una madre soltera con tres hijos. Una abuela que cría a dos nietos huérfanos. Un niño con anemia de células falciformes. Un anciano sin familia ni apoyo. Una mujer de 82 años que todavía intenta organizar traslados para cuidar a su hija no ambulante y a su esposo postrado en cama.

Cada persona fue una lección. Cada historia una herida que intentaba aliviar esta comida, aunque sólo fuera por un día.

Mientras Marcos y Daylen invitaban a la gente en las calles de Pueblo Nuevo, también pasaron por una cocina comunitaria. Allí se unieron sin dudar más personas que necesitaban ayuda. Porque cuando la ayuda es sincera, la gente la reconoce de inmediato. Y cuando el amor se sirve cálidamente, tiene el poder de cambiar vidas.

Al final del día, llovió sobre Pueblo Nuevo. No una lluvia cualquiera, sino lo que los voluntarios llamaron una lluvia de bendiciones. Porque a pesar de las carencias, a pesar de la falta de electricidad y a pesar de los muros a medio construir de la iglesia, algo se completó: la comprensión de que es posible otro mundo, una comida a la vez.

La Fundación Amistad con Cuba recuerda a través de su proyecto humano AmiMesa que sus voluntarios no se colocan por encima de las personas a las que ayudan. Se sienten iguales a ellas. Y quizás en eso radica la verdadera fuerza del cambio: en la conciencia de que todos necesitamos amor, esperanza, una comida caliente y una conversación sincera.

Hoy en Pueblo Nuevo, cuarenta personas comieron una comida caliente. Pero muchas más personas, desde los Países Bajos hasta Holguín, descubrieron que la verdadera amistad sabe a arroz con frijoles, se adorna con globos y, cuando es necesario, se prepara a carbón. Siempre con el fuego del alma encendido.

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